viernes, 27 de mayo de 2011

6, 7, 8 ……KO

La presencia de Beatriz Sarlo en el programa 6, 7, 8 que se emite por la televisión pública desnudó la frágil construcción de sentidos de un discurso oficial propiciado sobre la base de un monismo estructural lamentable.

La sola presencia de Sarlo demostró que en dicho programa, la aparición de una voz disonante -lo cual debería ser algo común en un canal estatal al cual financiamos entre todos- es una suerte de rareza exótica. Si uno observa que uno de los objetivos que propicia la ley de servicios de comunicación audiovisual es la “pluralidad de puntos de vista y debate pleno de las ideas” en los medios de comunicación (art. 3 inciso i) muy lejos está canal 7 mediante su programa fetiche de cumplir con dicho requerimiento fundante.

Otro aspecto destacable que se observó en la emisión fue el temor expuesto por un panel acostumbrado a una suerte de retroalimentación vanidosa de un discurso monocorde ante una voz que a priori se reconoce como sólida y seria. Fueron siete contra una, con dos invitados especialmente preparados para la ocasión. Generalmente en los debates equilibrados el número de expositores es igualitario para garantizar una distribución heterogénea de la palabra y las ideas. Un siete a uno en un debate nunca se vio en TN o A24 desde el 83 hasta la fecha.

La participación de Sarlo y los límites impuestos por Sarlo deconstruyeron en un instante un aparato discursivo basado en un fanatismo dogmático presentado como Otro que todo lo sabe y todo lo puede, sin ninguna falta que le permita alguna suerte de alteridad con el otro político.

La habitualmente locuaz Sandra Russo quién frente a Sarlo descansó en un prudente silencio, sostuvo en le emisión posterior, que Sarlo no entendía desde lo sentimental el fenómeno que representaba el kirchnerismo; justamente porque lo entiende muy bien es que puede desmontar críticamente sus aspiraciones discursivas hegemónicas donde se está con el modelo o se es un enemigo descalificado de forma automática sin importar la biografía respaldatoria de cada persona.

Después de Sarlo, 6, 7, 8 no será el mismo. En la medida que siga con el mismo formato de exultante autorreferencia argumental sin voces disonantes, la figura de Sarlo como única presencia crítica, los privará de una mínima racionalidad argumental. Siempre sobrevolará el fantasma de que pasaría si alguien estuviera presente para debatir. Por eso después del programa, esta forma de construir sentidos discursivos desde la televisión que pagamos todos está simbólicamente KO.

Quizás a partir de ahora tengamos de vez en cuando algún invitado irreverente, un panel multiplicado por el temor al disenso y un poco de pluralismo en un órgano estatal.

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